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Metale Chala

¿Por qué gusta tanto METALLICA?

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¿Por qué gusta tanto METALLICA?

 

 

Un artículo, sólo para fanáticos de verdad.

 

 

 

 

Dos décadas con su música

Tenía 15 años la primera vez que los escuché. Fue en 1986 y estaba con unos amigos, todos seguidores de Iron Maiden y de otras bandas de esa estirpe. En esos años, los de las protestas y los cacerolazos, el gran dilema para nosotros era si Maiden era mejor con Paul DiAnno o con el vocalista sucesor, Bruce Dickinson. Eras diannista o dickinsoniano. No había medias tintas en esa disyuntiva. Pero lo que escuchamos esa tarde mandó todo eso al tacho. Un amigo llegó con Ride the lightning, el segundo vinilo de una banda californiana llamada Metallica.

 

Acababa de comprarlo en el Rock Shop, la tienda de música especializada del Paseo Las Palmas. En su carátula una silla eléctrica emergía de una tormenta. Mientras ponía en la tornamesa el primer tema, Fight fire with fire, mi amigo contó que en la tienda le advirtieron que para escucharlo había que sentarse en un sillón y afirmarse. No exageraban. Nunca antes habíamos oído riffs tan veloces; en vez de cantar, el vocalista jadeaba. Al lado de ellos, los dioses de Maiden sonaban como Upa.

 

 

Lo más llamativo eran los sujetos de la contratapa: veinteañeros, espinilludos, de rigurosa mezclilla, sin parafernalia alguna. En plenos tiempos de Ozzy Osbourne comiendo murciélagos y de Motley Crue alhajándose como meretrices, estos tipos eran parecidos a nosotros, metaleros tercermundistas. Bastaba una polera negra, un jeans rasgado, unas zapatillas con caña y ¡Paf! lucías igual que Metallica.

 

 

Tamaña irrupción marcó un antes y un después entre los seguidores chilenos del rock duro. Quienes siguieron fieles a Iron Maiden pasaron a llamarse heavies, con atuendos medievales, canciones de dragones y mucha cerveza. Los reclutados por Metallica pasamos a ser thrashers o metaleros, con mezclilla rasgada, leñadoras y, bueno, mucha cerveza.

 

 

Veinte o treinta habrán sido las veces que escuchamos ese vinilo antes de que nos decidiéramos a estrenarlo en una fiesta, a la que para variar no estábamos invitados. Nunca invitaban a los metaleros a las fiestas de los 80. Por lo mismo, las pololas entre nosotros escaseaban. Por lo mismo, había que escuchar Metallica. Segundos después de ponerlo nos echaron. Sin mujeres, pero con nuestro vinilo intacto. Y luego vino Master of Puppets, el tercer álbum. Y el cuarto, el quinto y varios más, cada uno con un sello sorpresivo. A diferencia de otros grupos de estilo similar, en cada disco Metallica siempre corría riesgos, haciendo saltar los límites de sus registros anteriores. Con su sexto álbum, Load, muchos metaleros los tildaron de vendidos ¿Dónde estaban los riffs asesinos, la voz jadeante? La respuesta de la banda vino con el álbum posterior. Y fue un tapabocas: Reload. O traducido: ¿No les gustó? Ahí tienen más. Por lo mismo, ya no son sólo patrimonio de los amantes del metal duro.

 

 

A mis 38 años, ya no visto jeans rasgados ni poleras con sillas eléctricas. Pero, luego de más de dos décadas madurando a la par de su música, sigo siendo su incondicional. Estuve en su primer recital en Chile, en 1991, el mismo día del aluvión de la Quebrada de Macul, cuando medio Santiago estaba sin agua y casi no había locomoción colectiva. Estuve en su presentación siguiente, en 1999, cuando siempre de negro y sin artificios estrenaron la más poderosa amplificación utilizada hasta entonces en Chile.

 

 

Más viejo, con incipiente ponchera, a pesar de lo prohibitivo de las entradas y de las impresentables instalaciones del Club Hípico, espero estar en su tercer recital en enero. Quiera Metallica que no sea el último.

 

*Periodista investigador UDP, autor del libro Legionarios de Cristo en Chile.

 

 

El factor es Kirk

Metallica pudo haber sido en sus inicios una palabra clave para la pionera generación metalera nacional de los 80, época en que esa música era un ruido tan gutural como incipiente y sin precedentes en Chile, años antes de que una banda del estilo se apareciera en televisión para ser ridiculizada por un animador que responde al singular nombre de Don Francisco. O sea, Metallica fue alguna vez un nombre para iniciados. Pero ya van a ser dos décadas desde que el grupo estadounidense sobrepasó ese umbral y ahora no hay problema en que cualquiera, sea real o sea poser, pueda hablar de ellos, porque ya no se trata de minoría sino de la industria mundial.

 

 

Pudo haber sido cuando, a la altura de su disco negro de 1991, que se llama Metallica a secas, el grupo diera el consabido paso -y ante las consabidas acusaciones de traición del público purista-, de cambiar de ropa, de corte de pelo y de sonido para apuntar con éxito a un público más amplio. O más adelante, cuando se pusieron serios y grabaron un disco con orquesta sinfónica en 1999. O sobre todo en el momento dramático en que se volvieron contra sus propios fans y contra todo romanticismo al erigirse como símbolo de la reacción contra la piratería y en particular contra Napster en 2000. O a escala local, cuando el hit One, de su disco ... And justice for all (1988) se transformó en una de las canciones más tocadas por una radio de pop y de rock como Rock & Pop en los años 90.

 

 

O es todo eso junto. Son las señales de cómo Metallica dio el paso adelante entre sus pares, entró a las ligas mayores del negocio y por consiguiente se ganó el fervor no sólo de la audiencia dura sino del público mundial. Y todas ellas son también razones de la repercusión de ese éxito en Chile, porque éste era, incluso más que ahora, un patio trasero de MTV, de los sellos transnacionales y de la industria del rock del primer mundo en los años 90. Al mismo tiempo que los Metallica se produjeron para las portadas de Rolling Stone y el Salón de la Fama del Rock entre otros pergaminos, se hicieron populares para ese consumidor que hoy no va a ser capaz de reconocer ninguna canción del grupo entre el 83 y el 86, pero que sí se sabe de memoria todas las partes y redobles de batería de One y hasta le puede haber pedido pololeo a su señora mientras sonaba Nothing else matters en la radio o en el pub.

 

 

También está ese primer público conocedor y callejero, el que se inició en los 80 en el tráfico doméstico de discos metaleros importados, en la redacción, escritura y publicación de fanzines o revistas caseras fotocopiadas, ese público duro del thrash metal y luego el death metal hacia fines de la década. En su venidero libro sobre los inicios locales de esa música, Retrospectiva al metal chileno, el autor Andrés Padilla consigna que los primeros referentes para los metaleros criollos fueron las bandas extranjeras Slayer, Exodus, Possessed y más tarde Morbid Angel, todas surgidas entre 1980 y 1984, pero el primer disco de Metallica, Kill em all, es de 1983, y también fue una escuela en esa generación, para la que adjetivos como brutal, devastador, extremo o gutural nunca han sido malas palabras sino al contrario, motivos de orgullo.

 

 

Y si los citados Slayer son la crucial banda metalera internacional liderada por el chileno Tom Araya, algo de eso hay también en Metallica. En Kirk Hammet, precisamente, uno de los guitarristas. Al lado de esa dupla de vikingos que conforman el cantante James Hetfield y el baterista Lars Ulrich, Kirk Hammet, con su parada callejera de los primeros días, el pelo crespo, bluyines y polera metalera cualquiera, es un factor de proximidad: Kirk podría ser cualquier chileno instalado en Metallica. Con ese biotipo podría haber estado parado en los 80 o 90 en cualquier esquina de por acá, o tocando en una banda thrasher chilena, o comprando una cerveza en la botillería de emergencia o saltando en el tablón con Los de Abajo o con la Garra Blanca. Cuando Metallica vuelva, va a haber muchos más Kirks Hammet que James Hetfields o Lars Ulrichs entre el público. En Metallica Hetfield se impone y Urlich se luce, pero Kirk Hammett identifica, y eso llega más cerca.

 

*Periodista, autor del libro Prueba de sonido.

 

 

Un heavy metal triste

Alguien me dijo una vez apaga esa mierda gringa. Yo estaba feliz pintando un telón gigante para el siguiente concierto de Los Ex y de música de fondo tenía a Metallica a todo chancho. Esta cuasi amiga sacó el disco y me dijo: Escuchemos mejor a los (Red Hot) Chili Peppers, eso sí es de verdad.

 

 

Bueno, contesté, pero sentí que ella no veía lo que yo veía o sentía con Metallica. Sí, en una simple escuchada podía sonar a mierda gringa, pero la verdad es que su música tenía una profundidad que iba más allá de su sonoridad. Algo en la voz de James Hetfield. Una cosa como de perdedor, de tristeza aguda sobre una música alegremente gringa.

 

 

Si hubiera estado escuchando a Bon Jovi o a Motley Crue, habría estado totalmente de acuerdo con ella, pero la verdad es que con Metallica no. Ellos propusieron, sin querer, una manera triste de heavy metal no abacanado.

Al heavy y al trash siempre los sentí abacanados, pero Metallica les torció la mano a todas esas bandas poseras por la sinceridad en el canto de James. Una sinceridad que venía de la suela de sus zapatos.

 

 

También había en ellos un virtuosismo de buenas melodías. No un virtuosismo sólo porque sí, que es lo más común en bandas de este estilo. Por otro lado, me parece que Metallica nutrió al movimiento grunge.

 

 

Me gusta que a través de los años hayan pasado por muchas maneras distintas y no se quedaran pegados creyéndose el cuento del rockero duro, aunque sabían perfectamente que eso les traería crítica. Se la jugaron igual. Podrían haberse quedado sentados cómodamente en su éxito para siempre, pero prefirieron el riesgo de perderse en nuevas alternativas sonoras.

 

 

Si estuviera ahora en ese mismo momento en que ella apagó mi radio y puso a los Chili Peppers, los sacaría y pondría de vuelta a Metallica, sin darle ninguna explicación.

 

 

Para el que nunca ha tenido la experiencia Metallica sugiero la canción One. Es imposible que no se te paren los pelos al escucharla.

 

*Vocalista de Los EX.

 

Publicado en El Mercurio y Chilean Horsemen

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Bueno, primero aclarar que el primer concierto de la banda en nuestro país fue en el 93, no 91.

Y puta, se me pararon los pelos en innumerables pasajes de este artículo, me sentí súmamente identificado. Nada más que decir, qué ganas de haber sido elegido para escribir ahí xD.

 

SO GRIM, SO TRUE, SO REAL.

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